viernes, 11 de junio de 2021

Centenario del Dr. Lucas Guillermo Castillo Lara Por Horacio Biord Castillo


El 23 de junio de 2021 se conmemora el centenario del nacimiento del doctor Lucas Guillermo Castillo Lara, insigne historiador que dedicó especial atención a la historia regional y local de diversas regiones de Venezuela. Nació el 23 de junio de 1921 en San Casimiro, cerca de Güiripa, al sur del estado Aragua, una población próxima a los límites con el estado Miranda. Gran parte de su vida transcurrió en Miranda y en sus investigaciones abordó la historia mirandina con entusiasmo y devoción. Por todas esas vivencias y afectos se le puede considerar un escritor a la vez aragüeño y mirandino. Recordar su obra y su legado han de ser el mejor homenaje en este su año centenario.

Fueron sus padres Rosalio de los Reyes Castillo Hernández (* Cobalongo, Güiripa, 6 de enero de 1878 – † Caracas, 16 de abril de 1949) y Guillermina Lara Peña (* San Sebastián de los Reyes, 18 de abril de 1894 – † Caracas, 29 de mayo de 1975). El doctor Castillo Lara vivió su infancia y adolescencia en Güiripa. Allí aprendió el amor por el pasado gracias a las costumbres y saberes locales, a las tradiciones e historias familiares.

Su madre, en la casa de Güiripa, le enseñó las primeras letras y luego se educó en el colegio San Francisco de Sales de Caracas, en el colegio Don Bosco de Valencia y, posteriormente, en el afamado Liceo San José de Los Teques, donde culminó su bachillerato en 1938. Luego ingresó a la Universidad Central de Venezuela para cursar estudios de Derecho. Allí obtuvo los títulos de abogado y de doctor en Ciencias Políticas y Sociales, con una tesis sobre el régimen de las sociedades mercantiles en Venezuela.

El doctor Castillo Lara dedicó gran parte de su carrera profesional a la actividad notarial y de registro. De hecho fue Inspector Nacional de Registros Públicos y Tribunales entre 1947 y 1952, Notario Público de Caracas entre 1952 y 1953 y Registrador Mercantil del Distrito Federal y Estado Miranda desde 1953 hasta su jubilación en 1972. Ese cuarto de siglo de actuación en registros y notarías constituyó su mayor escuela de historiador y le proporcionó una extraordinaria experiencia, un vasto conocimiento de los archivos y los procedimientos notariales que luego le serían de gran utilidad en sus investigaciones. A ello se sumarían su estilo literario y el vasto conocimiento de la geografía venezolana, que amaba de manera entrañable y que recorrió a lo largo de su vida, en parte tras los archivos y sus historias.

El doctor Castillo Lara casó con Lilliam Brandt Coupart (†), su novia desde los días tequenses. Tuvieron tres hijos Guillermina (Minucha) Castillo Brandt, casada con Luis José Joly; Rosalio Julio (Rolito) Castillo Brandt (†), casado con Ana Elena Marcano Mata y Lilliam Isabel Castillo Brandt (†), casada con Gonzalo Silva Prince (†). Sus nietos son Carlos Enrique, Alicia, Lilliam y Daniela Joly Castillo; Ana Isabel, Lucas Alejandro, Julio y Rafael Guillermo Castillo Marcano; María Virginia, María Elisa y Gonzalo Silva Castillo.

En 1942, a los 21 años, con su biografía sobre Fermín Toro ganó el premio Andrés Bello de la Academia Venezolana de la Lengua. Participó también en el concurso convocado por la misma institución en 1944 para honrar la memoria de Arístides Rojas, estudio biográfico que permanece inédito.

El doctor Castillo Lara se distinguió como uno de los precursores de la historia regional en Venezuela. Debe entenderse su trabajo como una verdadera reconstrucción de la historia local y regional y no como una mera enunciación de la importancia teórica o de los basamentos metodológicos sobre cómo abordar el devenir de regiones y pequeños pueblos o localidades; dicho de otra manera, la historia pequeña y de personas sencillas, a las que se aproxima con tanta rigurosidad el enfoque de la microhistoria. Castillo Lara historió dos grandes regiones: la región centro-norte y los Andes tachirenses.

De la región centro-norte hizo estudios sobre la zona norte, el alto Llano y los llanos centrales. Sobre el estado Miranda, destacan sus libros Una tierra llamada Guaicaipuro dedicada a Los Altos y el entonces distrito Guaicaipuro (Los Teques, Carrizal, San Pedro de Los Altos, San Antonio de Los Altos, San Diego de Los Altos, Paracotos y Tácata); la historia de Guarenas; sus libros fundamentales para la historia de Barlovento Apuntes para la historia colonial de Barlovento y La aventura fundacional de los isleños. Panaquire y Juan Francisco de León; además de un volumen dedicado a Curiepe y un trabajo sobre Ocumare del Tuy. Sobre Aragua escribió San Casimiro de Güiripa. Crónicas de la tierra y de la sangre, una aproximación a la historia de su pueblo natal; los magníficos tomos referidos a San Sebastián de Los Reyes; su gran obra Materiales para la historia provincial de Aragua, que presentó como trabajo de incorporación a la Academia Nacional de la Historia; su libro Maracay colonial; varios trabajos sobre La Victoria y Villa de Cura; sobre Camatagua, Carmen de Cura y Barbacoas de los Llanos y los dos tomos sobre los pueblos del norte de Aragua, en la costa, con el sugerente y poético título de Nortemar aragüeño. Las querencias de azul y oro, su obra postrera, sin olvidar un pequeño trabajo anterior dedicado a Choroní. Sobre el Llano escribió, entre otros libros y artículos, Villa de todos los Santos de Calabozo. El derecho de existir bajo el sol y la historia de Guardatinajas. Además están sus trabajos sobre obra del gobernador Ruiz Fernández de Fuenmayor y el general Antonio Valero de Bernabé.

La otra región a la que consagró amplios estudios fue el Táchira. Destacan sus libros La Grita, una ciudad que grita su silencio. Historia del Espíritu Santo de La Grita; Raíces pobladoras del Táchira: Táriba, Guásimos (Palmira), Capacho; Elementos historiales del San Cristóbal Colonial. El proceso formativo; San Cristóbal siglo XVII. Tiempo de aleudar y San Juan Bautista de Ureña y Santa Bárbara de la Mulata, así como los trabajos sobre la obra de José Amando Pérez y monseñor Manuel Jáuregui Moreno.

Otra vertiente importante de la obra del doctor Castillo Lara la constituye la historia eclesiástica. Destacan, entre otros trabajos, sus libros sobre Los mercedarios y la vida política y social de Caracas en los siglos XVII y XVIII; El centenario de la diócesis del Zulia a través del Archivo Secreto Vaticano en el que también aborda la historia de la diócesis de Calabozo; su trabajo sobre los cien años de la llegada de los salesianos a Venezuela y los estudios biográficos sobre su tío paterno monseñor Lucas Guillermo Castillo Hernández, primer obispo de Coro, décimo arzobispo de Caracas y primado de Venezuela, y monseñor Francisco José Iturriza Guillén, segundo obispo de Coro. Dejó asimismo dos monumentos para la historia eclesiástica de Venezuela, como son Personajes y sucesos venezolanos en el Archivo Secreto Vaticano (Siglo XX) en dos tomos y Apuntes para una historia documental de la Iglesia venezolana en el Archivo Secreto Venezolano (1900-1922, Castro y Gómez) en cuatro volúmenes.

Por si fuera poco, el doctor Castillo Lara también cultivó el género biográfico: Bolívar, pasión de libertad; José Laurencio Silva, viaje alrededor de una lealtad, “Francisco Michelena y Rojas. El peregrinar apasionado de un venezolano en el Siglo XIX”; Los olvidados héroes de Aragua; San Sebastián de los Reyes y sus Ilustres Próceres; La Monja Alférez. (La asombrosa historia de doña Catalina de Erauso, la monja alférez, y sus prodigiosas aventuras en Indias (1602-1624); “El General Ramón Guerra, un ilustre sancasimireño”; “Coronel Juan Félix Ovalles. Un ilustre prócer sanjuanero”; “Capitán Domingo López Matute: Aventuras de un llanero guariqueño de la independencia en las luchas civiles argentinas”; y las semblanzas de sus colegas académicos Héctor Parra Márquez y Cristóbal L. Mendoza, además de su ya citado trabajo sobre el padre José Amando Pérez. Es de recordar también la historia del Panteón Nacional, con la que ganó un premio en el año 1976, y un trabajo sobre la Batalla de Carabobo, premiado con motivo del sesquicentenario de dicha batalla en 1971, además de varios estudios sobre Coro, Mérida, Maracaibo y Puerto Cabello.

Se desempeñó como miembro activo de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, a cuya directiva perteneció, y presidió también la Asociación de Amigos del Arte Colonial. Fue individuo de número de la Academia Nacional de la Historia, en el sillón letra D, al cual se incorporó en junio de 1977 para suceder al Dr. José Carrillo Moreno. Además ejerció el cargo de cronista de su natal San Casimiro. Fue miembro del Consejo Supremo Electoral y vicepresidente del organismo, así como embajador de Venezuela ante la Santa Sede entre 1993 y 1995. Escribió varios libros de ensayos, como Los hombres y sus muros y Cuando los pasos afincaron su rumor y el poemario Del agua mínima. En muchos de sus libros hay un tratamiento lírico de la geografía y las costumbres que merecen una selección y ser publicados como poesía de los paisajes y las vivencias venezolanas.

Aficionado y conocedor de los archivos en los que se movía como pez en el agua, hizo investigaciones en el Archivo General de la Nación, en el Archivo Arquidiocesano de Caracas, en diversos archivos regionales y eclesiásticos de Venezuela; en el Archivo Nacional de Colombia, en Bogotá, y en el Archivo General de Indias, en Sevilla (España).

Entre los muchos méritos intelectuales del Dr. Castillo Lara debe destacarse su extraordinaria facilidad oratoria. Pronunció en diversas ocasiones y lugares del país discursos de orden, muchos de los cuales fueron las versiones iniciales de algunos de sus trabajos más representativos. Entre sus piezas oratorias no podemos olvidar el hermoso discurso pronunciado con motivo del bicentenario del Libertador en la Casa Natal de Bolívar el 24 de julio de 1983, titulado Cuando el sol se hizo niño, y el discurso de incorporación a la Academia Nacional de la Historia que acompañó su denso trabajo sobre la historia provincial de Aragua. Ese discurso contiene sus propias reflexiones sobre la importancia de la historia regional. Leídas esas palabras más de cuatro décadas después de haber sido pronunciadas en el paraninfo del Palacio de las Academias, aún iluminan el sentido trascendente de la historia regional, tanto desde el punto de vista epistemológico como del sentimental, que no debe olvidarse al hablarse de la historia considerada sencilla. Es más fácil amar lo que se conoce y, así mismo, resulta de vital importancia conocer los propios orígenes para evitar actitudes de desarraigo y alienación.

El Dr. Castillo Lara fue un hombre muy generoso y apegado a sus creencias cristianas. No más saber que alguien necesitaba un apoyo o cercanía, se manifestaba de inmediato. De hecho presidió durante largos años la Fundación Pedro Russo Ferrer, dedicada a fines benéficos y que lo ataba a sus querencias de Los Teques y el estado Miranda. En el plano intelectual no era menor su generosidad y amplitud. De su casa los visitantes salían con un libro, la fotocopia de un documento, una referencia bibliográfica o, al menos, una orientación heurística y metodológica. Como una nota pintoresca y hasta mágica, su casa en la avenida principal de La Castellana en Caracas se abría de par en par y de manera continua hacia los referentes familiares de Güiripa, San Casimiro y San Sebastián de los Reyes; Los Teques, Los Altos y Puerto Cabello, lar nativo de su esposa. Al visitarlo se recorrían esas calles del alto Llano y las montañas, las vistas porteñas, los remotos paisajes andinos, además de constituir obligada costumbre escuchar y comentar los textos que iba escribiendo.

Al doctor Castillo Lara se le considera como uno de los principales historiadores de la época colonial de Venezuela. Con frecuencia solía referirse a las dificultades que entraña la superación de los conocimientos de manual. Estos parecen arraigarse con tanta fuerza que impiden la divulgación y aceptación de los nuevos conocimientos derivados de investigaciones y análisis. Su obra es una invitación a profundizar la historia de Venezuela y la historia de pueblos olvidados que, vistos con la sola y anacrónica visión del presente, se correría el riesgo de considerar que carecen de pasado y que no son importantes ni valiosos. La tarde antes de morir aún corregía, con la ayuda de un aparato de oxígeno, las galeradas de su libro Nortemar aragüeño. A los 81 años, Lucas Guillermo Castillo Lara entregó su alma a Dios en la madrugada del 15 de diciembre de 2002, en momentos difíciles para el país que tanto había amado y cuya historia lo apasionó y ayudó a conocerla y divulgarla mejor.

Ojalá que el olvido, tan arraigado lamentablemente en la conciencia venezolana, no se extienda sobre la contribución historiográfica del doctor Lucas Guillermo Castillo Lara y que los próximos cien años sirvan para divulgar aún más su obra y valorar sus aportes.

hbiordrcl@gmail.com

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